Relato: Emiliano Soria Mansilla
Después de retomar la práctica del montañismo a principios de 2025, el año se me pasó de cumbre en cumbre. Tres expediciones exitosas a los nevados del Aconquija y otra alegría más en el Acay (sumadas a montones de salidas de escalada y trekkings) me ilusionaban con cerrar el “año de las montañitas” haciendo algo realmente desafiante. Obviamente ese “algo” ya estaba decidido y estudiado: Franco y yo lo comenzamos a planear a mitad de año y el objetivo se determinó muy rápido, el Incahuasi. Pero para lograrlo tenía que subir primero algún seismil, así que sumamos el San Francisco como parte de la aclimatación.
Con meses de anticipación empecé a buscar tracks, armar mapas y, principalmente, definir una buena fecha. Tras esa tarea determiné que la mejor opción era desde fines de diciembre hasta principios de enero: pasar Navidad y Año Nuevo en la Puna, caminando sobre volcanes de 6000 metros. El motivo era pedir la mínima cantidad de días en la oficina y, de esa manera, poder irme 12 días de los cuales solo 4 eran laborables.
Con Santi hicimos cumbre en el Tipillas en junio, cuando se comenzó a pensar esta expedición, y él sumó a su primo de Neuquén: el Primo Facu. Entre candidatos y candidatas que se quisieron sumar a la expedición pero no pudieron, terminamos siendo nosotros cuatro los protagonistas de este viaje a la cordillera de los Andes:
Santiago Martinez Escalera
Facundo Escalera
Franco Rodriguez
Emiliano Soria Mansilla
A medida que se acercaba la fecha terminamos de definir la logística (¡Facu tenía que venir desde Neuquén!), realizamos las compras necesarias, reunimos la mayor cantidad de información posible, conseguimos el equipo necesario (todo prestado, para variar) y ultimamos todos los detalles.
El 23 de diciembre a la tarde partimos hacia Tinogasta en el auto de Santi, Franco y yo. Nos reunimos con Facu en un camping a la 1:00 del día 24, dormimos la peor noche de toda la expedición y, al otro día, salimos para Fiambalá, donde llenamos los papeles que daban aviso de nuestra actividad en la frontera. Desde allí sumamos al primo a nuestro auto y nos dirigimos al Paso de San Francisco, donde se ubican los dos volcanes que teníamos como objetivos.
El plan se rompió el día 1: en vez de intentar el primer día el Falso Morocho para aclimatar, nos fuimos a las termas de La Gruta y luego comimos un espectacular guiso de lentejas de Nochebuena con nuestro nuevo amigo, el Chaqueño Fabián, el único montañista en el refugio cuando llegamos.
Al día siguiente, el 25 de diciembre, partimos hacia el campamento base del Incahuasi con la intención de conocer el terreno y portear agua y equipo de nieve hasta el campamento 1 (5050 m). El trayecto era corto e íbamos livianos, pero era nuestro segundo día y estábamos llegando a los 5000, por lo que subimos tranquilos. Así llegamos al sitio de acampe, donde guardamos en un tambito nuestras provisiones y el equipo que usaríamos una semana después.
El 26 nos mudamos del refugio de La Gruta hacia el refugio N.º 6, que se encuentra en el mismísimo límite con Chile, exactamente al norte del volcán San Francisco y punto de partida para su ascenso. Nos tomamos el día para descansar y aclimatar por arriba de los 4500, paseamos por la Laguna Verde en Chile y dormimos amontonados con un grupo de salteños: Juli, Cristian y Ale; y una montañista tucumana conocida de nuestro club, Fer Albertus. Ellos partieron al Sanfra el mismo día que nosotros, aclimatando para el Ojos del Salado, que luego lograron ascender.
El 27, a las 4 a. m., partimos del refugio para aproximar en el auto lo máximo posible. Un kilómetro fue todo lo conseguido, por lo que comenzamos el ascenso a pie a las 4:30, a los 4800 m. Casi dos horas después de caminar a un ritmo lento recién alcanzábamos la cota de 5100, donde llegan las camionetas de los que van en camioneta (todos menos nosotros).
Santi no venía bien: se agitaba mucho y le costaba respirar, por lo que caminaba lento y debíamos esperarlo. Al comenzar el primer ascenso empinado y ver que nos íbamos a demorar mucho a su ritmo, Franco decidió acompañarlo hasta donde llegara, mientras Facu y yo “nos asegurábamos una cumbre de 6000 porque el Inca no es seguro”, palabras que ahora suenan premonitorias.
Y así fue que partimos con Facu hacia la cumbre, mientras Santi y Franco continuaban detrás nuestro. Pusimos un buen ritmo y llegamos a la base de la famosa diagonal, donde descansamos un poco, comimos y bebimos algo; hacía frío. Arrancamos la diagonal, que asciende 350 metros en poco más de un kilómetro, a un ritmo espectacular y alcanzamos la mitad en poco tiempo. Pero el buen ritmo se hizo sentir en mis piernas y comencé a bajar la marcha hasta necesitar un buen descanso al finalizarla.
Después de esto el terreno se vuelve más sencillo, pero la altura y el frío ya se hacían sentir. El paisaje extraterrestre de la montaña, helada pero seca, era increíble. Nos sorprendimos de alcanzar a los salteños en la cumbre; ellos habían salido horas antes, pero compartimos con ellos la alegría de haber llegado hasta ahí tan enteros con Facu.
La alegría de la cumbre fue la de siempre: la de lograr un objetivo, aumentada por “subir un nivel” al alcanzar por primera vez los 6000 metros de altura. Las sensaciones eran muy buenas; estábamos muy enteros, considerando que era nuestro primer intento a un seismil, por nuestros propios medios. La forma en que lo conseguimos me hizo sentir muy orgulloso del trabajo realizado y muy conforme con nuestros desempeños. Las sensaciones positivas se mezclaban con la vista privilegiada que teníamos del Incahuasi y se transformaban en ilusión y manija por lo que venía.
Pero todavía había que bajar y, apenas descendimos 20 metros, nos encontramos con Franco, subiendo solo, tranquilo y contento por haber llegado hasta allí a buen ritmo. Nos aclaró que Santi había regresado al auto en la base de la diagonal y que él estaba muy bien. Decidimos acompañarlo hasta la cumbre para compartir la alegría con él. Llegar de nuevo fue más emotivo: sentir que lo hicimos para acompañar a un amigo fue un plus muy grande.
Luego de reemprender la bajada, el cansancio comenzó a sentirse en las piernas y el ritmo empezó a decaer. Al encarar la diagonal sentí algo de náuseas y mucho cansancio, pero con un descanso pude seguir. La bajada se hizo realmente eterna. Llegamos al auto ahorrando piernas gracias a un aventón de unos brasileños en camioneta y compartimos historias con Santi, que nos contó cómo se sintió él tras descansar un poco.
Retornamos al refugio de La Gruta con la intención de bajar hasta Fiambalá esa misma tarde, pero nos informaron de un corte en la Ruta 60 y nos quedamos allí esa noche. Festejamos con rica comida y brindamos con los salteños.
Al otro día, el 28, intentando bajar a Fiambalá para descansar mejor, un nuevo corte en la ruta nos dejó nuevamente varados y decidimos pasar esa noche y el día siguiente en la hostería de Cortaderas. Otra vez el plan se vio afectado: reducimos un día el descanso antes del intento al Inca y el corte nos afectó el abastecimiento de combustible, así que volvimos al paso sabiendo que estábamos jugados de nafta para regresar.
Después del día de descanso subimos directo al campamento base, separamos el equipo y armamos el campamento. Sabíamos que los primeros días iban a ser tranquilos hasta el intento de cumbre, así que reinaba la calma. El día era espectacular y el pronóstico decía que todo iba a mejorar; solo quedaba descansar todo lo posible.
El primer día fue más corto de lo esperado. Evidentemente, más aclimatados que cuando porteamos agua, alcanzamos el sitio de acampe en mejor tiempo y nos sentíamos muy bien físicamente. Armamos el campamento y protegimos las carpas del viento, mejorando las pircas existentes. El viento era frío e incesante, pero el sol a los 5000 era muy fuerte, así que la única opción fue pasar la tarde jugando al truco en el increíble calor que hacía dentro de las carpas hasta que se hiciera hora de cenar y dormir.
Al día siguiente partimos casi a mediodía al campamento 2. Había viento y mucha pendiente por recorrer; no sabíamos que el terreno iba a ser tan incómodo. El acarreo de piedras pómez sobre arena fina era una tortura, si consideramos la pendiente que debíamos recorrer para alcanzar el collado a 5700 metros, donde “dormiríamos” antes del intento de cumbre.
Llegamos (al menos yo) con las piernas cansadas. Habíamos subido todo el equipo de nieve y mucha agua, y la sorpresa fue un paisaje totalmente seco, sin hielo en la famosa canaleta a la cumbre y casi sin nieve siquiera para derretir.
El plan, basado en toda la información recabada de socios que conocían la montaña, era salir muy temprano porque el día de cumbre iba a ser muy largo. Además, contábamos con que nuestro ritmo podía ser bueno, pero Santi siempre tiene un paso más lento; así que fijamos el horario de inicio de la caminata hacia la cumbre a las 2 a. m. del 1 de enero. Se terminaba el “año de las montañas” durmiendo a 5700 metros de altura. Lo que un mes atrás era mi récord personal de altura, hoy era un campamento más, y se sentía como tal: ni un indicio de mal de altura en ninguno de los cuatro.
A la hora de la partida, la luna casi llena iluminaba bastante la noche, pero no lo suficiente como para mostrarnos una huella en el ascendente camino de la canaleta. Con todo nuestro abrigo puesto comenzamos a caminar, quenqueando ancho para interceptar alguna huella. El terreno era realmente complicado: un acarreo de rocas sueltas, arena y piedra pómez que se comportaban distinto a cada paso, a veces firme, a veces arenoso y a veces suelto. Fue tedioso, pero logramos interceptar una huella y, a partir de entonces, el ritmo mejoró: entramos en calor y comenzamos a ganar altura.
A las 5 a. m., el frío previo al amanecer coincidió con el fin de la huella que íbamos siguiendo. Navegar de nuevo, pero en un terreno más empinado y con más rocas sueltas, fue complicado y decidimos hacer una pausa. Nos encontrábamos a unos 6200 metros, en el último cuarto de la canaleta que nos dejaría en un plateau de pendiente más suave hasta la cumbre.
Pero la parada se prolongó. Franco sentía náuseas, Facu necesitaba ir al baño, todo era incómodo por el frío, el terreno y la pendiente. Tras unos largos minutos decidimos continuar “porque nos estamos helando”, pero al intentar seguir el ascenso di mis primeros dos pasos y trastabillé dos veces. No tenía fuerzas para hacer los pasos correctos y la torpeza de mis pies entumecidos por el frío no ayudaba. Intenté de nuevo y no pude avanzar. Me senté a recuperar aire y comencé a sentir mucho frío; aparecieron náuseas que quise controlar con la respiración, pero el frío era muy fuerte y estaba temblando. No pude controlarlas y vomité todo el líquido que había ingerido antes de salir del campamento. Mis fuerzas habían desaparecido y no podía hacer nada más que temblar, sentado en el piso.
Franco estaba en la misma situación. Era insólito: de un segundo a otro no pudimos controlar la temperatura de nuestros cuerpos y nos debilitamos completamente. Nos cubrimos los cuatro con dos mantas térmicas. Franco seguía vomitando y yo nunca me había sentido tan mal; quería estar en mi casa. No en la cumbre, no en la carpa, no como estaba cinco minutos antes: en mi casa.
La decisión de bajar a la carpa fue muy rápida. Estábamos realmente mal; no íbamos a poder seguir o, peor aún, no íbamos a poder bajar después.
Esperamos al amanecer para poder ver el camino al campamento y que los primos vieran el camino hacia la cumbre; también esperábamos que el sol nos ayudara a calentarnos. No esperamos mucho y partimos hacia abajo Franco y yo. Quería bajar lo más rápido posible para ver si descender me hacía sentir mejor, pero el acarreo espantoso no ayudaba. Me resbalé, tropecé y trastabillé un montón de veces; me caí al piso al menos cinco veces y a cada rato volteaba para ver si Franco venía bien.
Llegué a la carpa, me tapé y me dormí inmediatamente, al punto de que cuando llegó Franco me desperté asustadísimo porque no sabía ni dónde estaba ni qué pasaba. Le pregunté si estaba bien y, con pocas palabras, nos volvimos a dormir hasta que un ruido nos despertó. No era viento, porque no paraba, así que saqué la cabeza de la carpa y vi piedras enormes cayendo por la canaleta. “¡Es un derrumbe!”, grité, y salimos disparados de un salto. Las piedras rodaban muy rápido, haciendo mucho ruido, y llegaron muy cerca de las carpas. Nos asustamos muchísimo. Me quedé mirando con pánico, temiendo que alguno de los chicos hubiera quedado en el camino… al parecer, no.
Pasado el susto, de nuevo en la carpa, sonó la radio: era Santi, sintonizándonos desde el final de la canaleta. Nos contó que las piedras se habían desprendido mientras ellos subían, pero que estaban bien, saliendo al plateau. Tras unas breves indicaciones desde la carpa, continuaron ascendiendo y nosotros quedamos más tranquilos.
Facu y Santi alcanzaron la cumbre entre las 10:30 y las 11:30 de la mañana. En su primer intento a un +6500, casi sin despeinarse. Unos monstruos.
Estimábamos que llegarían a la cumbre entre las 12 y las 14, y por eso no teníamos noticias hasta entonces, pero a las 15:30 ya nos inquietaba no saber nada de ellos; desde las 9:30 no se comunicaban por radio. Pero a las 16 miré la canaleta de nuevo y los vi bajando, muy enteros. Nos invadió una alegría tremenda y fuimos a buscar nieve para preparar un café.
Resultó que los primos pasaron horas en la cumbre buscando una mochila. El detalle es que en esa mochila estaba la llave del auto, por lo que no podían bajar sin ella. Nos explicaron el motivo de la demora y parecían no estar ni un poco cansados. Habían decidido descender directamente hasta el auto, así que, tras un descanso, comenzamos a desarmar las carpas.
La bajada desde el C2 hasta el CB fue un paseo, pese a estar cargados y cansados. El acarreo facilitó el descenso y en unas cuatro horas estábamos en el auto.
Después de toda esta aventura de altura —la alegría, el esfuerzo, la logística, la frustración, el cansancio y todo lo que implicaron estos cuatro días en la montaña— teníamos que volver al mundo de los humanos mortales donde habitamos el día a día. Y la vida ordinaria se nos presentó en forma de nafta, o, mejor dicho, de falta de nafta. Los últimos dos objetivos del día fueron llegar al refugio y conseguir combustible prestado antes de acostarnos. Ambos fueron solucionados por Santi, que nos llevó al refu y consiguió, con su cara de tipo bueno, que una pareja de Buenos Aires nos diera nafta a la mañana siguiente antes de salir.
El regreso a la vida humana cotidiana necesitaba escalas para no ser tan abrupto, así que los últimos dos días de la expedición los pasamos en Fiambalá: durmiendo, comiendo, brindando, paseando y, para terminar, relajándonos en las termas. No las primeras, pero sí las mejores (las únicas pagas) del viaje.
En general, toda la experiencia fue increíble: conocer una nueva parte del país, tan emblemática para el montañismo; recorrer la zona; caminar sobre algunos de los volcanes más altos del mundo; los paisajes extraterrestres, la fauna, el clima. Todo lo que implica estar ahí ya es un montón. Subir esas montañas, caminar por encima de todo lo que había caminado antes… increíble.
Para tener una idea: aproximadamente el 29 % de la superficie del planeta Tierra corresponde a tierras emergidas, y solo ~0,1 % de esas tierras se eleva a más de 6000 metros sobre el nivel del mar (0,029 % de la superficie total de la Tierra). Nosotros caminamos durante horas por esa parte tan única de nuestro planeta.
Las cumbres son el plus, el mayor extra que una experiencia así puede sumar, unas horas más sobre el cerro y las emociones que ahí se descargan. En mi caso me faltó llegar a la cumbre del Inca pero jamás lo sentiría como un fracaso… Yo lo caminé, estuve ahí! y siento que en otro día podría llegar hasta la cumbre, que no me costó llegar hasta donde llegué, pero no era ese el día que iba a llegar a la cumbre. Es tan personal el tema que es difícil de expresar todas las sensaciones al respecto. Yo me vuelvo como siempre con los paisajes, con lo nuevo, con lo aprendido y con la certeza y la satisfacción de que apliqué toda mi experiencia y conocimiento en la montaña y de que hicimos todo bien (ninguna perdida de ningún tipo es suficiente demostración). Lo dimos todo y salió bien, sumale las risas de tus amigos y ya está… éxito total
















