Por nuestros compañeros: Miguel Mostajo (coordinador de salida), Juan Pablo Barilari, Franchesca Falci, Florencia Paz, Joaquín Vázquez, Belen Moya, Michelle Deaver, Juan Manuel Rodriguez y Judith Aldana.
Relato: Judith Aldana
Y así partimos un sábado 14 de marzo de 2026, a las 7:20 a.m., hacia la inmensidad de la montaña tucumana. Comenzamos nuestra expedición desde el abra del Infiernillo (3033 m s.n.m.), a buen ritmo, moviendo de a poco las piernas y cargando nuestras pesadas mochilas.
El primer tramo tenía como objetivo la grutita en la base del cerro Carapunco. La idea, desde el principio, fue hacer un buen ascenso inicial para poder llegar con tranquilidad a nuestro lugar de descanso, el cual se había propuesto en el Puesto Las Cuevas (3982 m s.n.m.).
Y así partimos un sábado 14 de marzo de 2026, a las 7:20 a.m., hacia la inmensidad de la montaña tucumana. Comenzamos nuestra expedición desde el abra del Infiernillo (3033 m s.n.m.), a buen ritmo, moviendo de a poco las piernas y cargando nuestras pesadas mochilas.
El primer tramo tenía como objetivo la grutita en la base del cerro Carapunco. La idea, desde el principio, fue hacer un buen ascenso inicial para poder llegar con tranquilidad a nuestro lugar de descanso, el cual se había propuesto en el Puesto Las Cuevas (3982 m s.n.m.). Siempre me pareció un cordón maravilloso el Muñoz: inmenso, misterioso y cautivante desde cualquier punto de observación. Y esta era mi segunda vez, acompañada por compañeros de la AAM, realizando la travesía hacia la Laguna.
Siempre me pareció un cordón maravilloso el Muñoz: inmenso, misterioso y cautivante desde cualquier punto de observación. Y esta era mi segunda vez, acompañada por compañeros de la AAM, realizando la travesía hacia la Laguna
Mientras escribo, recuerdo un pasaje del libro de Félix Montilla Zavalía y Julio Santillán. Ellos, como tantos otros, admiran las sierras de Tucumán y citan a Juan Bautista Alberdi (Memoria descriptiva sobre Tucumán, 1834): “…Vuélvanse los ojos al poniente, y queda uno con el cerro que tiene bajo sus pies como pigmeo miserable, delante del Aconquija cuya eminencia solo es posible admirar desde la cumbre de otros cerros. Allí no hay monotonía que la de la variedad. Cada paso nos pone en una nueva escena.”
Y así era: al caminar, cada paso nos ofrecía una nueva escena. El tiempo acompañó muy bien; por momentos, un sol imponente, y en otros, la neblina nos daba un respiro del calor. Durante ese primer ascenso, la vista se desplegaba lentamente: todo parecía límpido y claro. Se observaban con nitidez, hacia el este, las Cumbres Calchaquíes, y hacia el sur, los Ñuñorcos.
Miguel cerraba el grupo, dando empuje a quienes bajaban el ritmo, mientras Mich alentaba a Facu, a quien la carga de su mochila comenzaba a pasarle factura. Caminar por el Muñoz implica asumir que probablemente no haya puntos de agua, por lo que portearla desde abajo era indispensable.
Llegamos aproximadamente a las 11 a.m. a la grutita. Descansamos unos minutos, nos hidratamos, y Mich y Miguel redistribuyeron parte de la carga de Facu. Luego, ya algo cubiertos por las nubes y con un paisaje intermitente, retomamos la marcha. Recordaba de la vez anterior que ese tramo se hacía largo y algo monótono.
Acordamos que la próxima parada sería para almorzar. Avanzamos con buen ritmo por la gran hoyada del Muñoz, ese plano que parece hundirse entre grandes paredes rocosas. Juanpi aprovechó para registrar el paisaje con su dron. Los más jóvenes —Fran, Flor y Juaco— lideraban el grupo, relajados, conversando. El resto avanzaba más en silencio, quizás observando algún halconcito en vuelo o simplemente el vasto sistema orográfico.
El geólogo Abel Peirano señala que la pared occidental del valle de Tafí está constituida por el cerro Muñoz, extremo septentrional de la sierra de Aconquija, cuyos puntos más altos rondan alrededor de los 4500 m s.n.m., mientras que el punto bajo que separa la elevación del resto de la sierra, llamado Portezuelo de las Ánimas (4150 m s.n.m.), es la cumbre de este cerro. Desde el punto de vista geológico, el Muñoz corresponde a un basamento cristalino compuesto por rocas del Precámbrico y Cámbrico inferior (2500–485 millones de años), es decir, rocas muy antiguas que fueron elevadas por distintos eventos tectónicos.
¿Cómo explicar esta sensación de transitar y caminar entre tanta belleza?
Llegamos al sitio donde almorzaríamos, junto a una vega sin agua apta para consumo. Aprovechamos para descansar y dormir una breve siesta de unos minutos. Aún restaban entre 3 y 4 horas hasta Las Cuevas. Mientras avanzábamos, a lo lejos se veían animales pastando: ovejas, caballos, burros, algunas llamas y pocos guanacos.
Con un paso cada vez más lento, llegamos al puesto donde se encuentra la Piedra Pintada. Allí hicimos otro breve descanso, ya bastante agotados y decididos a alcanzar el campamento cuanto antes.
¡Qué paisaje tan imponente rodeaba Las Cuevas! Grandes paredones rocosos sobre una extensa vega.
Llegamos cerca de las 17 hs, luego de 17,6 km y unas 10 horas de caminata. Algunos comenzaron a armar las carpas, mientras otros salieron en busca de agua. Al no encontrar, Juan Manuel decidió avanzar hacia el oeste, hacia un arroyo que sabíamos que podía abastecernos. Ese momento fue crítico: muchos ya no tenían agua. Si Juan regresaba sin ella, tendríamos que volver al día siguiente.
Una hora después, regresó con agua suficiente. Aprovechamos para compartir unos mates con una picada organizada por Juanpi y Belén. Hubo charlas, risas y anécdotas, hasta que finalmente nos fuimos a descansar bajo un cielo completamente estrellado.
Al día siguiente, 15 de marzo, a las 7 a.m., iniciamos la caminata hacia la laguna, ya sin Juanpi ni Belén, que debieron regresar antes.
Seguíamos el trazado GPS, aunque por momentos Miguel exploraba variantes. El día era excelente, casi sin frío. Tras unas dos horas, alcanzamos el vasto llano donde se encuentra la Laguna de los Patos, una laguna altoandina del lado catamarqueño.
Los primeros en llegar pensaron que estaría seca, debido a otros cuerpos de agua previos. Sin embargo, al llegar, nos recibieron zorros y teros serranos (Vanellus resplendens), con sus característicos gritos bullangueros.
Juan, con binoculares, emocionado por estar nuevamente allí comenzó a recorrer la laguna observando aves. Mientras estuvimos ahí, pudimos ver: Gallareta cornuda (Filoca cornuta), Pato zambullidor grande (Oxyura jamaicensis), Pato crestón (Lophonetta specularioides), una familia de padres y crías de Guayata (Oressochen melanopterus) y Remolinera acanelada (Cinclodes albiventris).
Disfrutamos el tiempo pasar, el paisaje y la compañía. Fue una larga travesía para llegar a ese sitio majestuoso. Me dije: ¡Pucha, que vale la pena estar vivos!
Regresamos luego de aproximadamente una hora, cargamos agua y emprendimos la vuelta. A las 12 hs. retomamos la marcha.
El retorno fue exigente, pesado y acelerado. La subida antes de la grutita resultó particularmente dura. Bajamos a buen ritmo, casi desesperados por llegar. A las 19 hs. estábamos nuevamente en los autos. Regresamos exhaustos pero felices, tras recorrer unos 42 km.
En ese regreso, vino a mi memoria:
Viditay, ya me voy
de los pagos del Tucumán
en el Aconquija viene clareando,
Vidita nunca t’ei de olvidar…
(Atahualpa Yupanqui – Segundo Aredes)
¿Qué más se puede decir de un fin de semana hermoso? Paisajes de pajonales, montañas, cóndores y vegas.


























