Travesía por las Cumbres Calchaquíes Sur

Desde el 2 de octubre al 4 de octubre de 2026

Por nuestro compañero: Emiliano Soria Mansilla

Día 1 — Del laburo al Negrito

A las 14:30 del viernes, después de una mañana común y corriente de colegio y oficina, terminé de llenar el tanque de la moto y salí rumbo al Infiernillo, solo, con el objetivo de recorrer todos los cerritos de +4000m que hay en el sector sur de las Cumbres Calchaquíes.

La primera parte de esta travesía consistía en llegar en moto hasta el Infiernillo, pretendía hacer noche ahí para subir al Negrito en la madrugada. Sabía que la subida iba a ser exigente: hacía mucho calor y era consciente desde el primer momento de que esas tres horas de moto hasta el inicio de la caminata me iban a dejar algo deshidratado y con cierto cansancio antes de siquiera empezar a caminar.

A las cinco de la tarde llegué finalmente al Infiernillo, al monumento, donde se venden artesanías. Pregunté a una familia que estaba allí si podía dejar la moto y me dijeron que sí, que ellos iban a cuidarla. Así que descargué todo, dejé la moto y empecé a caminar.

Y ahí cambiaron mis planes por primera vez.

El día estaba espectacular. Eran las cinco de la tarde y todavía tenía unas dos horas y media de luz. Mi idea original era avanzar solamente un poco, encontrar agua, hacer vivac esa noche y comenzar la travesía propiamente dicha al día siguiente. Pero viendo las condiciones del día, pensé que podía aprovechar esas horas de luz y llegar hasta la Vega Alazán, donde normalmente se acampa para subir al Negrito.

La decisión parecía buena mientras avanzaba, llevaba poca agua (muy poca) para ir liviano, confiando ciegamente en que la vega iba a tener agua, pero al llegar a la última subida hacia la vega el cansancio empezó a hacerse sentir. Aun así, sabía que ya estaba cerca y que allí podía descansar, hidratarme y pasar la noche en vivac.

Pero cuando llegué a la curva de la vega, el paisaje me sorprendió y volví a cambiar mis planes.

Hacia el oeste el sol estaba cayendo y el atardecer era espectacular, al mismo tiempo, hacia el este aparecía una luna casi llena. La noche estaba completamente despejada y la luz de la luna era tan intensa que podía ver perfectamente sin utilizar linterna.

En ese momento pensé que tenía una oportunidad que no había previsto: podía seguir caminando de noche con total tranquilidad. A las 19:30 me senté a descansar en la enorme roca de la vega. Descansé, tomé medio Gatorade de una sentada y cargué toda el agua que pude. El frío empezó a hacerse sentir, así que el descanso no fue demasiado largo. Preferí seguir moviéndome sin sacar el abrigo de la mochila y continuar hacia el Negrito. Sabía que todavía faltaban mínimo dos horas de camino.

La noche fue increíble. La luna iluminaba tanto que podía caminar sin linterna y hasta proyectaba mi propia sombra sobre el terreno. Fueron dos horas mágicas, caminando por un paisaje que parecía de otro planeta: a lo lejos se escuchaban guanacos y, gracias a la claridad de la noche, incluso podía distinguirlos a la distancia. Frente a mí aparecía constantemente la silueta del Negrito y la huella del camino de las cuatro por cuatro, perfectamente marcada y fácil de seguir.

Sabía que el camino era sencillo y que no tenía grandes dificultades para avanzar. El problema era otro: la deshidratación que había previsto desde el comienzo empezó a hacerse sentir con fuerza.

En un momento comenzaron los calambres en los cuádriceps. Cada paso costaba y tenía que detenerme cada tanto, tomar agua, hacer algunos estiramientos mínimos y esperar a que las piernas se relajen un poco. Después continuaba, hasta que el mismo problema volvía a aparecer. Pero el objetivo ya estaba cerca. Solo quedaba el tramo final, el pechón hasta la cumbre del Negrito.

Finalmente, alrededor de las diez de la noche, llegué al refugio de la cumbre del Negrito. Fue realmente un refugio.

Nunca había pensado que iba a utilizarlo ni que terminaría haciendo noche en una cumbre, pero por esa noche, formaba parte de la logística de la travesía.

Y terminó siendo una noche perfecta. No hacía frío, no había viento ni ruidos extraños. La luna seguía iluminando todo y, para completar la escena, en el refugio tenía señal, incluso 4G. Pude comunicarme con mi familia y mis amigos para avisarles que había llegado bien y contarles que durante el camino había cambiado completamente el plan y ya estaba arriba. Este fue el punto más alto de la travesía completa: 4606msnm marcó mi gps.

Para terminar el día me cociné unos fideítos, me hidraté todo lo que pude y me fui a dormir. La primera jornada había terminado mucho más lejos de lo que había planeado.

Día 2 — Conectar los 2 refugios

El segundo día era el plato fuerte de la travesía, o la parte más interesante quizá.

Me desperté temprano, entre las siete y media y las ocho, después de una muy buena noche en el refugio del Negrito. Calenté agua, preparé un café y desde la misma cumbre comencé a planear el recorrido.

El objetivo era conectar el refugio del Negrito con el refugio del Bayo, encadenando todas las pequeñas cumbres que forman el filo sudeste de las Cumbres Calchaquíes al sur del Negrito.

Sabía que serían aproximadamente nueve o diez kilómetros y que no encontraría agua durante todo el recorrido, para eso había cargado bastante el día anterior en la vega. El clima nuevamente acompañaba: cielo despejado, sol, muy poco viento y temperaturas agradables. Según mis cálculos, la vuelta completa hasta el cerro Bayo y el regreso al refugio del Bayo, me llevaría unas cinco horas. Si bien iba a subir y bajar varias veces, no tenía pendientes pronunciadas que remontar ni dificultades técnicas de ningún tipo.

Así que simplemente empecé a caminar.

La primera parada fue un morro sin nombre ubicado inmediatamente al sudoeste del Negrito. El morro tiene en su cumbre una formación de rocas gigantes que parecen formar una corona, una escena casi extraterrestre y realmente hermosa.

Desde allí continué por el filo hacia el sur, avanzando hasta el Alto de las Nieves, cumbre que ya conocía: había estado allí hacía poco más de un mes. La subí nuevamente, contemplé el paisaje y continué hacia sur, hacia el Alto de los Guanacos.

El tramo entre ambas cumbres ofrece una de las vistas más impresionantes hacia el este de Tucumán. Desde allí se pueden reconocer los valles intermontanos que se extienden entre las Cumbres Calchaquíes y la Sierra de San Javier, e incluso distinguir los distintos pueblos desde Potrero Rodeo Grande hasta Mala Mala. Para alguien que trabaja habitualmente con mapas, estar ahí arriba produce una sensación difícil de explicar. Es como ver en la realidad aquello que uno observa casi todos los días en una pantalla. Reconocer el territorio desde una cumbre, identificar los valles, filos, ríos, las localidades, entender cómo y dónde encajan todas esas formas y lugares del mapa, y poder verlas con mis propios ojos siempre es una experiencia realmente emocionante.

Continué hacia el sur hasta llegar al Alto de los Guanacos. En la cumbre había restos de una antena, algunos paneles solares y una apacheta muy alta. Miré hacia el Sur, el siguiente objetivo era el Cerro Bayo.

Allí volví a cambiar el plan.

Estaba bien de tiempo, las piernas respondían y todavía tenía agua. Pero continuar directamente hacia el cerro Bayo implicaba perder bastante altura para luego volver a subir, y repetir nuevamente el descenso y ascenso antes de llegar al cerro. Pese a ser bajo en altura, el Bayo tiene una cumbrecita bastante empinada.

Entonces miré hacia el oeste y vi el otro morro sin nombre, el que está ubicado al Este del refugio del Bayo. Es incluso más alto que el propio cerro Bayo y pensé que desde allí podría tener una perspectiva diferente del refugio y de la pampa que se encuentra frente a él.

Decidí descender menos y subir al morro sin nombre. La cumbre tenía una apacheta enorme y unas vistas privilegiadas. Desde allí pude observar el refugio del Bayo desde un ángulo completamente nuevo, una perspectiva que nunca había tenido. Toda la cumbre estaba llena de chinchillas, asi que pensé en llamarlo “Alto de las Chinchillas”. Llegué a esa cumbrecita a las doce del mediodía. Era temprano.

Así que pensé: ¿por qué no bajar y completar la travesía con un plus? Sumando también el cerro Bayo, que estaba ahicito nomá.

Descendí por la ladera este del morro, aprovechando un arenal que me permitió bajar rápidamente, y desde allí subí hasta la cumbre del cerro Bayo, llena de antenas entre las rocas gigantes de granito.

Cuando llegué, la alegría fue enorme.

Había completado la vuelta que me había propuesto y, además, había subido una cumbrecita más de las que originalmente estaban previstas. Todo en solitario, con un día espectacular y disfrutando de cada paso.

A partir de ahí solamente quedaba regresar al Refugio del Bayo, intentando no perder demasiada altura para evitar volver a subir. Y fue durante ese último tramo cuando apareció una de las mayores sorpresas de toda la travesía.

Pude avistar y fotografiar Tarucas, el ciervo andino, una especie muy difícil de observar en Tucumán. El registro resulta especialmente interesante para las Cumbres Calchaquíes y puede tener un valor importante para el conocimiento y la conservación de la especie en la provincia. Este avistaje queda pendiente de ser contrastado con los antecedentes y publicaciones disponibles sobre registros de la especie en Tucumán, de momento no sé de ningún registro científico de la especie en la zona. Como adorador que soy de los bichos de nuestra tierra, estaba fascinado, me sentí en los programas que veía en televisión de niño.

Así, el objetivo del día no solamente estaba cumplido: había terminado superándolo y, además, me llevaba una alegría extra por haber logrado este registro.

Llegué al refugio del alrededor de la una de la tarde. Había completado la vuelta en un tiempo excelente, pero sobre todo la había disfrutado muchísimo.

Me quedaba muy poca agua y medio gatorade, pero sabía que la ayuda venía en camino.

Durante la semana había hablado con Cyntia Pérez Mac Gibbon y le había pedido que, si subía con su grupo al Refugio, me llevara agua

Porque quizá esté loco, pero no soy boludo (no tanto), sabía que durante toda la vuelta no tendría dónde cargar agua y me había puesto a buscar soluciones. Todo estaba bien planificado. Así que me tiré a descansar y esperé. Aproximadamente una hora después llegó Cyntia con el grupo que estaba entrenando para subir a la Ciudacita. “Llegó el camión hidrante” dijo cuando me vió y me saludó. Pude hidratarme nuevamente y conversar con ellos mientras descargaban los materiales que habían llevado para terminar de colocar el piso del refugio.

En el momento que vi las maderas que había subido este grupo supuse que Rubén también subiría con alguna tarea. Y así fue. Media hora después de que se fuera el grupo de Cyntia llegó Rubén acompañado por Ignacio, un chango joven que había hecho el CIM este año. Traían las herramientas y los materiales para terminar de colocar el piso de machimbre del refu.

No tuve demasiadas opciones, asi que me levanté, agarré el taladro y nos pusimos a trabajar.

Había llegado Rubén, estaban las herramientas, estaban los materiales y estábamos ahí. Había que hacerlo, y había que hacerlo bien y rápido porque la energía a esa altura hay que optimizarla, y para que el grupo que llegaría más tarde pudiera disfrutar del refugio sin nosotros en plena tarea.

Terminamos de colocar el piso y el resultado quedó realmente muy bien. El Refugio está en unas condiciones increíbles. Es uno de esos lugares que te acogen en serio, donde llegas y descansas después de caminar un montón, donde se terminó la caminata del día y simplemente hay que disfrutar. Pero para eso hay que trabajarlo y cuidarlo también.

A las seis de la tarde llegó un grupo más grande. Era un grupo muy heterogéneo. Había personas con algo de experiencia y otras que estaban entrando por primera vez al mundo del montañismo. Algunos literalmente nunca habían hecho un trekking y, de repente, estaban en un refugio a 4.300 metros de altura, completamente sorprendidos por el lugar y por la situación que estaban viviendo.

El contraste era divertido: Rubén, con sus 44 ascensos; yo, llegando después de una travesía en solitario; y otras personas descubriendo por primera vez ese mundo. Las charlas de esa tarde estuvieron inevitablemente atravesadas por esas diferencias de experiencia. Después llegó el atardecer.

Como siempre, las Cumbres Calchaquíes no decepcionaron. Desde que había llegado al refugio estaba esperando ese momento: quería estar tirado ahí, mirando cómo caía el sol, esperando otro espectáculo como el del día anterior. Y así fue.

Cuando finalmente se hizo de noche, cociné nuevamente unos fideítos y me fui a dormir. Esta vez, por fin, a descansar después de la vuelta que había dado.

Día 3 — El regreso

El domingo comenzó con las primeras luces. Parte del grupo que había llegado el sábado estaba sintiendo los efectos de la altura. Algunos se encontraban mejor que otros, pero en general el malestar se hacía sentir.

Me levanté temprano y preparé el desayuno afuera del refugio, aprovechando el sol de la mañana para entrar en calor. Poco a poco el resto del grupo fue levantándose, desayunamos, tomamos café y empezamos a preparar el regreso. También teníamos una tarea concreta: bajar las numerosas botellas de plástico vacías que habían quedado en el refugio. Nos repartimos la carga y comenzamos el descenso.

Sabíamos que teníamos muy poca agua. El día anterior había hecho mucho calor y el grupo había consumido prácticamente toda la que había llevado: quedaba apenas lo necesario para cocinar esa noche y preparar el desayuno del domingo.

Por eso decidimos hacer la vuelta larga y bajar por la Quebrada del Barón. Además, el recorrido permitía que el grupo conociera los restos del avión que se encuentran en la quebrada.

Fue una buena decisión. Recorrimos la parte alta, encontramos la vega y pudimos cargar agua antes de comenzar el descenso por la quebrada. Esta vuelta sumó distancia a mi recorrido total, pero sabía que si bajaba por la ruta directa del Refugio no iba a tener agua hasta el mediodía; y de nuevo iba a hacer calor.

La bajada fue bastante rápida. Nos llevó aproximadamente cuatro horas, quizá un poco más, hasta llegar al puesto de Recursos Hídricos, en la Quebrada del Barón. En el camino pudimos ver a Juan y Lula, socios del club, escalando trad en el rocódromo; los novatos los miraban alucinados, una escena divertidísima.

Desde allí me tocaba volver hasta el Infiernillo para buscar la moto. Cuando llegué, la encontré exactamente como me habían prometido: en excelentes condiciones. La habían cuidado muchísimo y hasta la habían protegido del sol.

Di las gracias y volví a reunirme con parte del grupo en la quebrada. Después nos despedimos de algunos que bajaban directamente y nos encontramos nuevamente en la quebradita para tomar un café, recuperar energías y retornar a nuestras casas. Todavía quedaban unas horas de regreso.

Pero el cansancio ya no pesaba demasiado. La emoción de haber completado semejante vuelta era más fuerte.

Durante el regreso empecé a pensar en lo que realmente había hecho posible esta travesía.

Porque, aunque había caminado solo, nunca lo podría haber hecho realmente solo.

La travesía había sido posible, en primer lugar, porque existe un refugio a 4600 metros en la cumbre del Negrito. Un lugar al que pude llegar de noche, descansar y continuar al día siguiente. También porque existe un refugio a 4300 metros en el Bayo, y porque ese refugio está siendo mantenido y mejorado constantemente. Y, sobre todo, porque detrás de todo eso había personas de un club que quiere ayudar a otros montañistas.

El problema del agua es quizás el ejemplo más sencillo: Yo sabía que durante toda la vuelta del sábado no iba a encontrar dónde cargar. Entonces simplemente mandé un mensaje al grupo de WhatsApp del club preguntando quién iba al Bayo.

Cyntia me respondió inmediatamente.

—¿Qué necesitás?

—Llevame agua.

Y listo.

Ella pudo continuar con su entrenamiento junto al grupo, yo pude completar la travesía y, casi como una consecuencia inesperada, terminamos además aportando un poco más al mantenimiento del refugio.

Esa experiencia me dejó pensando en algo que va mucho más allá de haber completado una ruta.

Yo caminé solo.

Pero pude animarme a hacerlo porque sabía que había un club detrás. Había refugios, personas, herramientas, experiencia y una red que podía responder cuando fuera necesario. Y todo eso existe gracias a un trabajo que no comenzó conmigo. Es el resultado de años de personas que dedicaron tiempo y esfuerzo a construir, mantener y mejorar estos espacios simplemente por amor a las montañas.

La caminata la hice yo solo. Pero para poder caminar solo, hubo un trabajo colectivo detrás. Yo solo supe y pude disfrutar de todo este trabajo invisible que hace la AAM.

Distancia Total30,5 km
Desnivel Total+1873m  -1889m
Tiempo de marcha total~13hs
Altura máxima4606m (Cumbre Negrito)
Altura promedio4004m
InicioEl Infiernillo 3049m
FinQuebrada del Barón 3037m

Dia 1: Infiernillo – Negrito

Distancia Total12 km
Desnivel Total+1536m -10m
Tiempo de marcha total4:45 hs
Altura máxima4606 msnm (Co. Negrito)

Día 2: Negrito – Bayo

Distancia Total10 km
Desnivel Total+288m -529m
Tiempo de marcha total4 hs
Altura máxima4553 msnm (Alto de las Nieves)

Día 3: Bayo – Infiernillo

Distancia Total8 km
Desnivel Total+46m -1346m
Tiempo de marcha total4 hs
Altura máxima4357 msnm